Hace unas semanas leía una columna de opinión de Daniel Samper Pizano, titulada “Saquemos al suicidio del armario”. En este texto Samper, ponía a consideración de los lectores una ampliación del concepto de eutanasia o también conocido como suicidio asistido, el cual consiste en causar la muerte a un paciente de forma deliberada con la finalidad de poner fin a su sufrimiento. El suicidio racional va más allá de la eutanasia y tiene como principal objetivo la posibilidad de quitarse la vida en la vejez haciendo valer el fuero inalienable de decidir sobre nuestra propia vida.
Samper se inspira en el libro Soltando Amarras
de la doctora Eugenia Guzmán Cervantes, prestante neuropsicóloga de la U.
Nacional y de Iowa, consultora, profesora y autora de cinco volúmenes que
versan sobre el tema de su especialización.
En este libro la doctora Guzmán define el suicidio
racional como: “Quitarse la vida en la vejez, antes de que lleguen
afecciones incontrolables, o quitarse la vida al comienzo de ciertas enfermedades
o demencias en los periodos de remisión de enfermedades mentales, en los
ancianos relegados y olvidados en hospicios de viejos o en situaciones de
guerra, para escapar de torturas, violaciones y masacres”.
Su tesis se fundamenta en que el dueño absoluto de
la vida es de quien la padece y que despedirse de ella constituye un acto de
soberanía y libertad personal, sostiene que la sociedad debe acatar el suicidio
racional como “escogencia libremente realizada por una persona que asume las
consecuencias de lo que piensa hacer de manera autónoma, sin que nadie la
coaccione”.
Tanto en la eutanasia como en el suicidio racional, el
eje común es la pregunta sobre ¿Qué es la vida?; ¿Quién debe decidir sobre
nuestra vida?; ¿Vale la pena una vida sin dignidad? Estas y muchas más
preguntas son las que nos suscita este interesante tema. Por eso los invito a
que abordemos en nuestro próximo debate la siguiente pregunta: